Japón y la ruta maldita

La costa nororiental de Japón fue la más golpeada por el terremoto y tsunami de marzo. ¿Qué ha pasado desde entonces en esos pueblos costeros? Recorrimos esa zona, en la región de Tohoku, y esto encontramos: que la destrucción aún se ve y la reconstrucción avanza lento. Eso, sin contar el miedo que sigue paseándose entre los escombros.

El grupo de jóvenes del Centro de Voluntarios de Rikuzentakata no quiere hablar del terremoto ni del tsunami ni de radiación nuclear. Están hartos de eso.

Quieren hablar de fútbol.

El fútbol -como el béisbol- es uno de los deportes más populares en Japón. La temporada profesional de ambos deportes se reanudó hace poco. Había estado suspendida después del terremoto y tsunami que el 11 de marzo devastaron la mayor parte de la región de Tohoku, la costa nororiental de Japón. Más de 15 mil personas perecieron y cerca de cinco mil están desaparecidas.

Masa -quien lleva un mes con el Centro de Voluntarios de Rikuzentakata, en la prefectura de Iwate- es fanático del fútbol. “A veces jugamos aquí con los compañeros”, cuenta. Desgarbado y conversador, lleva una camiseta del Arsenal. La vuelta del fútbol a los estadios es, para él, un signo de que “Japón está volviendo a la normalidad”.

Sin embargo, en una mañana cuando el sol golpea con fuerza y la vista duele con la luz del día, la imagen de destrucción total de Rikuzentakata da una visión menos optimista.

Camino a Rikuzentakata, a bordo de un pequeño tren a lo largo de la escénica ruta de Ofunato, mi vecino de asiento ya me había alertado. Cuando mencioné “Rikuzentakata”, me miró con sorpresa. En una mezcla de inglés de primaria y gestos con las manos, me dijo que ahí estaba todo destruido. “Turista raro”, habrá pensado cuando se despidió.

En Rikuzentakata pocas cosas quedaron en pie después que la muralla gigantesca de 14 metros de aguas negras se dejara caer. El terremoto ya había hecho lo suyo; el resto lo terminó el tsunami.

Este era un pueblo pintoresco con un paisaje bucólico. Ya no. Es ahora un paisaje que más bien evoca las imágenes aterradoras que nos dejó Cormac McCarthy en La carretera. Una visión posapocalíptica.

Rikuzentakata ha sido destruida antes. Y una de esas destrucciones está relacionada con el terremoto de 1960 en Valdivia. Ese sismo provocó un tsunami al otro lado del Pacífico que demolió gran parte de Rikuzentakata, incluyendo uno de sus símbolos: un bosque de pinos rojos y negros a lo largo de su paseo costero.

Esta reserva de árboles había vuelto a crecer. Pero el tsunami de marzo terminó con ellos. Los arrancó de raíz, los rompió en mil partes. Ahora yacen tirados en la playa, sus troncos en plena descomposición.

Un solo pino quedó en pie. Ahora está arropado con tela verde y apuntalado con cuerdas. Se ha transformado en el símbolo de un pueblo que quiere volver a la vida. “Tenemos turnos para cuidarlo”, cuenta Hashimoto, uno de los voluntarios. Mientras toma una sopa, me advierte que no puedo acercarme demasiado al árbol.

Caminar por la playa de Rikuzentakata, que alguna vez fue blanca y con turistas, desafía la vista y el olfato. Es una playa negra cubierta de basura. Esqueletos de peces se pudren bajo el sol. El olor es repugnante y el barro podrido se pega a los zapatos.

En Rikuzentakata la pesca era la actividad central. Los barcos son ahora escasos. Casi todos yacen anclados boca abajo. Destruidos. Un par de ellos aún están enterrados en la arena. Otros, muy lejos de la costa.

Antes del terremoto y del tsunami, Rikuzentakata tenía 23 mil habitantes. Autoridades estiman que murió el 10%. El resto logró escapar. Sin nada. Corriendo. Y terminaron en alguno de los 80 centros de refugiados que se habilitaron en Tohoku.

Ahora, cuando estos centros comienzan lentamente a cerrarse, hay muchos sin saber dónde irán.

En estos últimos días, Masa -el joven con la camiseta de Arsenal- ha estado removiendo escombros en las afueras del pueblo, en un pequeño valle donde, cuenta un voluntario, “muchos murieron”.

Mientras saco fotos, un voluntario me grita en inglés: “Come to help us!”. Guardo la cámara, consigo un par de guantes, una máscara y ayudo. Masa sonríe, sacude su cabeza con un aire de impotencia. “Esto nunca termina”, dice. Al levantar la vista y ver la destrucción, el optimismo que mostró cuando habló de fútbol ha desaparecido.

Masa tiene 22 años y es oriundo de Nagano. Estudia Arte, está aprendiendo español y pasaba los veranos trabajando como mesero en el barrio turístico de Higashiyama, en Kyoto. No este verano. Masa es uno de los 480 mil voluntarios que se dejaron caer en las zonas más afectadas de Tohoku, en los meses siguientes al desastre. La mayoría son jóvenes de entre 20 y 30 años. Japoneses y extranjeros. Hombres y mujeres. Los que estudian -como Masa- usan sus vacaciones de verano o han congelado el año académico.

Gran parte de estos voluntarios están vinculados a ONG y a grupos religiosos. Ellos han llenado el vacío dejado por la deficiente reacción que hasta ahora ha mostrado el gobierno. Se estima que el 70% de la población desaprueba la forma como las autoridades se han manejado. “Hay una evidente carencia de liderazgo político en este país”, dice Masa. A seis meses, la destrucción aún es palpable y la reconstrucción avanza poco.

Los voluntarios son un factor clave para la región de Tohoku. Ellos viven en escuelas o en tiendas de campaña. Llevan alimentos a los sobrevivientes, limpian el barro, apilan desechos y hacen de jardineros en casas y parques. Equipados con guantes de plástico, máscaras protectoras y bototos con puntas de acero, son también una fuente de inspiración y aliento para los que sobrevivieron. Y son parte de ese mensaje que lleva una pancarta muy común en las calles de estos pueblos, que señala: “Japón no se rinde”.

Pero no es fácil mantener los brazos en alto. No rendirse. Cuando se levanta la vista y aparece la visión de Rikuzentakata, los brazos pesan y el corazón se rompe. Puentes cortados, vehículos boca arriba, barcos varados a kilómetros de la costa… El escombro sigue siendo parte del escenario.

Se estima que en las tres prefecturas más golpeadas de Tohoku -Iwate, Miyagi y Fukushima- los escombros llegan a 21 mil toneladas y son verdaderas montañas. No sólo impiden el tráfico de vehículos, sino que se han transformado en una amenaza a la salud. La basura acumulada es un campo fértil para las plagas. El dengue es una preocupación.

Las únicas estructuras de Rikuzentakata que permanecen en pie son de hierro y concreto. Edificios públicos como el de la alcaldía, por ejemplo. O el estadio de béisbol, donde sólo quedaron paradas las cuatro torres de luces.

Rikuzentakata no está en proceso de reconstrucción. Eso está claro. Lo están limpiando. Y el trabajo es lento. Son muchos escombros. Madera, hierro, piedras, vidrios y concreto se apilan en las bermas de los caminos o en antiguos estacionamientos. Vehículos completamente aplastados se ordenan unos sobre otros. ¿Dónde irá a parar todo esto? es una pregunta que nadie pudo responder.

Mientras la destrucción en Rikuzentakata es visible por todos lados, en Sendai -epicentro del terremoto- es menos. Ubicada en la prefectura de Miyagi, 300 kilómetros al norte de Tokio, es el motor económico y cultural de la región de Tohoku.

Aparte de algunas casas que tienen toldos azules como techo y algunas grietas en un par de edificios, aquí todo se ve en orden y normal. Las calles están adornadas y la mayoría de las jóvenes llevan puesto el yukata, kimono de verano. Se congregan en los parques disfrutando el buen tiempo, las magnolias y los cerezos. Oficinistas, impecablemente uniformados de negro y blanco, caminan a sus trabajos. El tráfico fluye y los negocios de la céntrica avenida de Jozenji-Dori están abiertos.

A seis meses del terremoto, Sendai ha recuperado su dinámica urbana. En esto ha sido importante la reanudación, en abril, del servicio del Shinkansen -el tren bala- entre Tokio y esta ciudad.

En la moderna y muy adornada estación de Sendai, la marejada humana se mueve rápido. “Estamos felices, estamos de vacaciones”, cuenta un grupo de chicas, quienes no parecen muy interesadas en hablar del terremoto. Pertenecen a un grupo de atletas que vino a competir a Sendai. “Todo está bien aquí,” dice una de ellas, mientras hace el gesto de OK con un dedo.

“Vaya a la costa para que vea la destrucción”, me aconseja Dick Norman, un veterano de la Fuerza Aérea de EE.UU. El y su esposa han vivido 35 años en Japón. “Es nuestra casa ahora”, dice, mientras reparte panfletos con mensajes de Dios y la salvación.

Mientras más cerca del océano, más es la destrucción. El pequeño puerto de Kesennuma, a una hora de Sendai, fue virtualmente borrado del mapa. El esqueleto de hierro del mercado -lo único que dejó el tsunami- anuncia a nadie la venta de salmón rosado y ostras frescas. Más de 1.400 personas murieron o están desaparecidas. El centro de este pequeño pueblo, con su pintoresca estación de tren, resistió gracias a su ubicación: está a unos tres kilómetros del puerto.

Es un pueblo de pescadores. Pero quedan pocos. Y los que están, son pescadores sin botes. En la prefectura de Miyagi -donde está Kesennuma -, cerca del 90% de los más de 13.000 botes pesqueros fueron destruidos. Muchos se ven aún tirados boca abajo.

Koichi consiguió ayuda de un par de voluntarios en Kesennuma, pidió prestado un tractor y está en la tarea de arrastrar y reparar su bote. El hombre es pequeño, habla un poco de inglés. Quiere volver al mar. Quiere volver a pescar. “Si los barcos vuelven al agua a pescar, las cosas podrían mejorar aquí”, dice.

Como Koichi (65), la mayor parte de los habitantes de la costa son ancianos. Jubilados -de entre 60 y 80 años- viviendo en los cientos de pueblos que bordean la costa de Tohoku.

Un par de pueblos costeros no sufrieron la destrucción física. Ahora están siendo destruidos económicamente. Es el caso del turístico Matsushima, famoso por sus ostras. Ubicado a sólo 30 minutos de Sendai, se salvó gracias a las islas aledañas que le sirvieron de escudo protector. Los daños son menores. Pero es un pueblo que está muriendo. Pese a los cielos despejados y buenas temperaturas, los restaurantes de mariscos y pescados están vacíos.

Este verano los turistas han evitado la costa.

En la ciudad de Fukushima, la destrucción no se ve. Se siente.

Aquí, la preocupación por el terremoto y el tsunami ha ido disminuyendo. Están como en un segundo plano. Lo que no disminuye, y que preocupa, es el temor a la radiación.

El reactor de la planta nuclear sigue vomitando radiación. Residuos radiactivos se encuentran a diario en esta zona. Alrededor de 100 mil personas tuvieron que abandonar el área.

Las calles de Fukushima están desiertas. Hay silencio. No se ven niños. Ni familias. La radiación en la zona aterra. En Hironomashi, un pueblo pintoresco en los alrededores de Fukushima que tenía 5.550 habitantes, el 90% de su población ya no está. La mayor parte de sus negocios están cerrados.

“Aquellos que pudieron dejar Fukushima lo han hecho. Los que no tenemos adónde ir, hemos tenido que quedarnos”, cuenta la dueña de una heladería. “No podemos tener una vida normal”, agrega. Hay más de 35 grados. Es un día para tomar helados, pero los clientes no llegan. Afuera de su local, una pancarta en inglés y japonés dice: “Tohoku lucha”.

Fukushima era una región orgullosa de sus frutas, especialmente de sus akatsuki: unos gigantescos duraznos blancos. Ya no se ven en los mercados (días más tarde, en Tokio, un vendedor callejero de akatsuki me aseguró que su mercadería no venía de Fukushima). Pocos productos agrícolas de esta región se están comercializando. Granjeros y productores rurales, que sobrevivieron al tsunami, ahora enfrentan un desastre económico.

En un pequeño supermercado en la ciudad de Fukushima, la procedencia de los productos frescos -carnes, verduras frutas- está claramente señalada. Nada viene de esta región. “Muchas personas manejan durante horas los fines de semana a otras ciudades para hacer las compras”, cuenta la dependiente, una chica con pelo rojo y pestañas postizas.

La desesperación está aniquilando a los productores agrícolas de Fukushima. En junio, un productor de leche de Soma, a unos 45 kilómetros de la planta nuclear, se suicidó después de que las autoridades suspendieran la compra de su leche. Un granjero en Sukagawa, también en esta región, se colgó tras la prohibición impuesta sobre sus productos, contaminados con radiactividad.

“Nadie quiere productos de aquí”, dice Takeshi, un proveedor de frutas con base en la ciudad de Fukushima. Se están pudriendo.

Masaki (54) tenía una pequeña granja en Minamisoma, a 30 kilómetros de la planta nuclear. Hoy es un pueblo abandonado. Sólo quedan animales rondando, contaminados con la radiación, buscando alimentos. Aterrorizado, Masaki dice que no va a volver.

Cuando la planta falló, todos fueron evacuados. Los animales se quedaron atrás. En los alrededores de Minamisoma había 3.400 vacas y 30 mil cerdos. Hoy sólo quedan 1.300 vacas y 200 cerdos. Todas las gallinas murieron.

“Después del accidente en la planta traté de volver y rescatar a mis animales, pero las autoridades no me dejaron entrar”, dice Masaki. “Lo único que salvamos fue una perrita de dos años, la mascota de mi hijo”.

Masaki, como gran parte de los sobrevivientes, está luchando para retomar sus negocios y reconstruir su vida. Masaki tiene un aire de resignación. Quizá es el estoicismo japonés -gaman-, tan aludido para referirse a una sociedad donde el dolor y la pena son interiorizadas. Aquí se sufre en silencio. La rabia no se expresa.

En Tokio, en el ultraelegante barrio de Ginza, las tiendas de alta costura están atestadas. Las cafeterías no tienen mesas disponibles. Son días de vacaciones y de un verano que golpea con altas temperaturas. Pero el aire acondicionado funciona a media máquina y la iluminación nocturna de Tokio es bastante menos extravagante que antes del desastre nuclear. Hoy se ahorra energía.

A pesar del barniz de normalidad en las calles, en Tokio igual se vive con temor. “La gente tiene miedo que uno grande golpeará Tokio en cualquier momento”, dice un mozo, mientras va por las mesas llenando los vasos con cerveza y sake frío. En Tsukiji, el tradicional mercado de mariscos y pescados, la dueña de una “picada” confiesa que vive todos los días con el terror de un tsunami: “Todos los que trabajamos en esta parte de la ciudad, cerca de la bahía, lo hacemos con miedo. Trabajamos demasiado cerca del agua”.

A seis meses del terremoto y del tsunami, Japón es un país aún en el limbo.

Posted in El Semanal

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